Arte y Cultura

Casa de la Cultura de Tonacatepeque participa en la Calabiuza

“Ángeles somos, del cielo venimos, pidiendo ayote para nuestro camino mino mino…”, es la idea o como los jóvenes del municipio de Tonacatepeque mencionan, el estribillo que recitan frecuentemente en la celebración del Día de la Calabiuza.

Redacción: En La Mira / Foto: Cortesía

Un grupo de más de 25 jóvenes de la Casa de la Cultura de Tonacatepeque se prepara con muchos días de antelación para celebrar el Día de la Calabiuza. La noche del 1 de noviembre diversos grupos juveniles, entre ellos los de la Casa de la Cultura, se visten y maquillan como los personajes de leyendas mitológicas de El Salvador.

Personajes como la Siguanaba y su hijo el Cipitío, el Cura sin Cabeza, el Justo Juez de la Noche, el Gritón de medianoche, la Llorona, la Chancha y la Carreta Chillona, todos con aspecto terrorífico, deambulan por las principales calles asustando a muchos y repitiendo su estribillo.

Keiry Rivera, quien personifica por segundo año consecutivo a la Llorona, es una joven de 20 años y este año le tocó la organización del grupo o la carreta, como ellos le llaman, de la Casa de la Cultura y explica que el trabajo previo a la celebración es extenuante.

“Cada vez, los niños y jóvenes vamos conociendo nuevas tradiciones y culturas, pero esto es algo histórico, inculcado por nuestros abuelos, que es necesario mantener vivo”, comenta entre sollozos la Llorona (Keiry Rivera).

La Calibuiza, un morro tallado con figura de calavera y una luz de candela por dentro, adorna las carretas que recorren Tonacatepeque y de allí el nombre de Día o Festival de la Calabiuza.

La tradición inició con el Día de Pedir Ayote, según cuenta Carlos Fajardo, director de la Casa de la Cultura de Tonacatepeque: “Como Casa de la Cultura, en 1986, encontramos esta tradición como el Día de Pedir Ayote, no participaban los personajes mitológicos, solo salían niños pidiendo ayote para nuestro camino, con un morral de tuza y una calabiuza con una candela. Llegaban a las casas donde había un farolito como seña que allí había ayote en miel”.

Según Fajardo, estos niños habían crecido para 1992 y tuvieron cierta vergüenza, por lo que de esa fecha se comenzaron a maquillar para salir a pedir el ayote y empezaron a disfrarse como los personajes que hoy ya son tradicionales.

La comunidad ahora se organiza y salen entre ocho y diez carretas, se cocina el ayote con dulce de panela y se reparte a todo el que repita el estribillo: “Ángeles somos, del cielo venimos, pidiendo ayote para nuestro camino mino mino”.

 

 

 

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